Adventicio en el Adviento

Daria León Karlsruhe, diciembre de 2011

 

Adventicio en el Adviento


Eran pocos meses de haber llegado a Alemania. "¿A-bän qué cosa? Waas is daas?" pregunté a Lisa, mi nueva nieta. Me dio a entender que era imperioso que la acompañara. Y así, con Lisa y Antonia, mi querida esposa, pusimos brújula al atardecer hacia la guardería del colegio.
Antonia me explicó que íbamos a una fiesta. Me gusta ir a fiestas. En mi barrio en Lima siempre hay alboroto. Todos los días fiesta. El que quiere asistir siempre es bienvenido. Nadie puede hacerse el sordo ni el desentendido con la tremenda bullota de los gigantescos parlantes que se instalan en las veredas porque no caben en las casas. Por lo menos caen 50 a 100 personas. Las mujeres bailan. Los hombres calientan motores tomando sus cervecitas. Después bailan, y siguen tomando hasta la madrugada hasta las últimas consecuencias. Una gran borrachera, todo fluye, eso es lo que nosotros entendemos por fiesta. Y nos divertimos de lo lindo. Puede durar tres días y al toque continua la siguiente fiestita.
Yo no conocía el camino al colegio de Lisa, pero tuve la sensación que Antonia y Lisa se habían equivocado de calle. Dimos una vueltaza. De repente, la oscuridad nos cogió frente a un edificio alto y viejo. No se escuchaba nada, sólo en las ventanas del primer piso se veía cintilar una luz súper débil. A pesar de mis grandes dudas, entramos.
Los lentes se me empañaron y no podía ver nada. Cuando me los saqué para limpiarlos, Antonia me condujo a través de una pequeña sala hasta una mesa. Con un suave empujoncito me sentó en una silla para enanos. Reinaba un raro silencio. Cuando al fin me puse los lentes, me di cuenta que era la oscuridad la que no me permitía ver. Poco a poco, como desde una niebla, emergieron algunas figuras sentadas nuestro lado y en las demás mesas. Unas pequeñas velitas difundían su escuálida luz.
Supuse que había ocurrido un apagón pues no se escuchaba nada de música. O de repente los focos de las lámparas se habían quemado, algo que en mi barrio suele siempre ocurrir. La oscuridad había puesto a todos en un extraño estado de entumecimiento. Antonia y Lisa tampoco decían nada y miraban las velas con ojos rebosantes de felicidad. Me asombró que nadie hiciera nada. Borrosamente divisé siluetas de algunos hombres. Quizás los alemanes no tienen la habilidad técnica de nosotros, los peruanos. Nadie ponía manos a la obra. Ah, a propósito... me sonaron las tripas. Suerte que los bocaditos ya estuvieran servidos en las mesas.
Primero probé lo que conocía. A las mandarinas les faltaba sabor y dulzura, pero aún así me las comí todas. Parecía que a los demás invitados no les importaba. Las nueces las casqué con mucha habilidad entre mis dedos y las extraje de su cáscara. Las piñas, sin embargo, me parecieron raras, eran pequeñas y durísimas. Y la verdura en el centro de la mesa, las guirnaldas largas de ramitas espinosas… Bueno, no soy vegetariano, las espinas tenían un fuerte olor y estaban bastante filosas, duras y difíciles de masticar. Las escupí discretamente. La oscuridad y la insuficiente comida poco a poco me deprimieron. Ni a kilómetros de distancia se divisaba un vaso de vino.
Por fin algo se movió, una mujer se puso de pie en el centro de la sala. Probablemente quería pedir ayuda, miró expresivamente a los reunidos. Educado muy bien por mi mamita y sin rodeos, me levanté y, como mi alemán no era suficiente, le di a entender con gestos inequívocos que no tenía vértigo y que gustoso cambiaría el foco o chequearía los cables. Me miró de reojo como si no hubiera entendido nada. Me dirigí al interruptor de la luz para demostrarle mi intención. Lo pulsé y, para mi gran sorpresa, el lúgubre ambiente resplandeció en luces radiantes. Increíble, fue facilísimo. Quedé totalmente satisfecho de mi genialidad. Aplaudí, grité: ¡Hurra! “Aaaaahhhhh – Lampa an”! Se escuchó un susurrar, un carraspear, un cuchichear por la sala, algunas sillas se movieron, algunos niños se rieron entre dientes. Sabía que los alemanes no se manifiestan tan rápido en gritos de júbilo, pero ahora finalmente la fiesta podía empezar. Miré lleno de orgullo a Antonia. Ella me miró haciéndose la tonta, avergonzada, sólo me hizo un "pssscht" y discretamente me pidió regresar. No entendí nada. Hice una rápida reverencia ante todos y dije en un alemán casi perfecto: Ich bin aus Lima! Con curiosidad miré a los que estaban alrededor y los saludé con un "hello" y un "hola".
¡Qué conmoción! La luz se volvió a apagar y nuevamente todo se hundió en un silencio fantasmal. Antes de que yo pudiera volver a reaccionar, Antonia y Lisa tiraron de mis pantalones. En ese mismo momento se levantó un canto y un tintinear como de ángeles. Experimente una extraña sensación que me atemorizó. ¿Habría muerto alguien? ¿De repente yo mismo? Empecé a sudar, me palpé para saber si todavía estaba vivo. Súbitamente alguien tocó la puerta con fuertes golpes y gritó desde afuera con voz amenazante. Velozmente volví en mí y mi sangre se encendió. Conozco a ese tipo de gente de mi barrio en Lima. Están siempre en busca de fiestas. Muy joven aprendí a estar mosca, a tener cuidado, a estar alerta ante estafadores, ladrones y criminales todo tipo.
Automáticamente me cuadré, listo para el ataque y la defensa. No conozco el miedo. La puerta se abrió de par en par y en el marco de la puerta apareció…lo sabía, un tipo gigantesco, camuflado en un elegante abrigo azul y con una cofia rara y alta. Enseñó la bolsa para el botín con impertinencia. Con este tipo podía medirme. "Eh, ¿quién te ha dejado entrar, eh? ¿Qué tienes en la bolsa? ¡Deja ver! ¿Te estás llevando algo?" Intrépidamente me precipité hacia él, me planté delante de él y quise arrebatarle la cachiporra que tenía en sus manos. Entonces detrás de él un segundo tipo se me acercó. Estaba claro: eran una pandilla. El tipo lucía desgreñado, tenía cabello negro, ojos encendidos y una camisa marrón hecha jirones. De improviso, me sujetaron de los brazos y el tío de cabello negro me dio un golpe por detrás. "Toma, diablillo. No hemos enterado que te has portado mal este año" dijo el grandote de azul con voz retumbante y abrió su bolsa. Antonia me lo tradujo poco después. Yo me quedé como agua mansa, tan callado como nunca antes en mi vida.
Entonces la muchedumbre que me rodeaba se despertó de su entumecimiento, los niños gritaron y chillaron, se me atravesó la idea que ahora sí se podía celebrar una verdadera fiesta con mucha bulla, si los niños no se hubieran prendidos de nuestra ropa. Tampoco respetaron a los dos ladrones.
Antonia se levantó y acudió valerosamente en mi auxilio. Con voz penetrante puso fin al acto y empezó a explicar algo en alemán a los dos tipos. Me presentó al moreno, su nombre era "K-k-k-knecht" y siguió con un apellido impronunciable, típico alemán. Este me pareció sospechoso y no sé si Antonia sabía con quien estaba tratando. Al final era yo el experimentado con esa clase de gente. El azul se llamaba Nicolás y me cayó un tanto más simpático, pues se llamaba como yo con segundo nombre, en tercera generación. Herr Marco Nicolás, me presenté. Entonces el azul me abrazó conmovido y nos hermanamos rápidamente. Éramos ya casi familia. Me susurró al oído que había llegado directamente del cielo, un verdadero santo. Me mordí la lengua para no revelar accidentalmente nada de mi vida terrenal. Los niños, los papás, los abuelos aplaudieron como es debido y agradecieron este espectáculo excepcional. Sin que nadie se enterara, el señor Nicolás Azul sacó dos vasos de cartón de su bolsa y desaparecimos. Aguardiente, pisco, brandy, no me importaba en los más mínimo, necesitaba urgentemente un buen trago. Ya afuera el señor azul me sirvió un buen trago de una botellita. Me bajó ardiendo por la garganta. Sólo apenas me percaté que él no tomó nada. Debió haber sido
una cosa muy fuerte. Tambaleé y todo empezó a girar ante mis ojos.
Más tarde, volví avergonzado a los brazos de Antonia y no bien hecho esto, vomité. El azulote y su compinche habían desaparecido. Con ellos mi monedero, lo que no me preocupó ya que casi siempre está vacío. También eche de menos mi casaca granate con la insignia de la Federación Peruana de Fútbol. Esto si era fatal. Era mi amuleto en el extranjero.
Apenas superé el estado de shock envié un mensaje a todos mis amigos del Club Balconcillo City. "Oigan, fíjense, qué tal roche, en una fiesta de San Nicolás me pepearon. Suerte que no fue grave." Y les pedí mandarme tan pronto como sea posible un nuevo amuleto para sobrevivir el resto de los días de fiesta.

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